Golodralk
Hace siete años se me encargó traducir un manuscrito encontrado al sur de Francia con extrañísimos dibujos, trazos y runas antiguas; algunos garabatos fueron imposibles de decodificar. Más que un problema de entendimiento, diría yo que intencionadamente se trató de mantener un secreto, como si de entre todas las cosas que ahí hubiera eso no debía ser descifrado. Maltraté mi mente y mis manos al intentar trazar algo coherente que me pudiera decir qué diablos era eso. Aunque parecían tachones de alguien que no ponía en orden sus ideas, noté ciertos patrones lineales que me hicieron pensar que no se trataba de algo hecho por accidente.
El manuscrito estaba escrito en un inglés bastante formal. Contenía palabras que se usaban hacía siglos, nada comunes en estos tiempos. Intenté concentrarme en el texto primero, y conforme iba traduciendo no podía creer lo que escribía con mis manos. Hubo momentos en los que me sentí mareado por tanta información que transcribía. Cuando por fin logré terminar, luego de dos semanas intensivas, contacté entonces a Archibald Tenen, un arqueólogo y paleógrafo que había pasado muchos años de su vida desenterrando antigüedades. Recuerdo aquel día sentados en un restaurante en Catania, y podíamos apreciar la tranquilidad del mar, que contrastaba con el oscuro secreto que escondía aquel manuscrito, al que nombré Rendibia Igletmanem. En mi defensa, no tenía un nombre en sí, solo el nombre del autor en mayúscula cerrada —GOLODRALK—, en un plateado fulgurante cuando era reflejado por el sol, y que desaparecía en las sombras de la noche. Aclaro que el manuscrito venía envuelto en un cuero de no sé qué animal, era negro por fuera y con páginas amarillentas y maltratadas por el peso de los años. Me atrevería a decir que tanto el señor Tenen como yo no podíamos dejar de apreciar el deterioro hasta el punto de buscarle belleza donde no había, donde abundaba solo misterio y secreto.
—Los dibujos tienen que ser bocetos de un artista novato, pero con muchas ganas de triunfar.
—O con ganas de transmitir un mensaje que pocos (y dignos) pudieran leer.
—¿Qué dice el manuscrito? ¿De qué trata? —me preguntó Archibald.
Le empecé a traducir lo que veía en el libro, pues la copia en español la había dejado en mi oficina, en Nueva York. Hablé apasionadamente sobre la obra de aquel tal Golodralk, le dije que trataba de un sueño que el protagonista va narrando hasta el punto en el que él mismo se da cuenta de que no soñaba, más bien viajaba. Allá en ese mundo que creó el autor había criaturas de aspecto innombrable y de carácter frío y rígido. Lo que había dibujado el escritor, según yo lo había entendido en ese entonces, era lo que él imaginaba podían ser las bestias celestiales que gobernaban en nuestro universo.
—¿Y si no es una simple historia? —sugirió mi amigo—. Piénsalo bien, y lee esto otra vez: «En el universo no había humanos. La única luz que prosperaba era la de miles de soles; ojalá hubiese visto cómo era aquello en carne propia y no en sueños».
—¿Insinúas que en verdad lo soñó y que no se trata de ficción? ¿Te estás escuchando? —dije.
—No puedes hablar con un arqueólogo, apasionado por lo desconocido y lo sobrenatural, hasta lo extraterrestre, y no esperar que te sugiera que se trata de un misterio real y no una simple novela ficticia. Analízalo bien, me envías un correo y te ayudaré en lo que tú no puedas descifrar. Estaré encantado de ser parte de algo ajeno a nuestra humanidad.
A los dos días, cuando me encontraba en mi habitación, abrí nuevamente el manuscrito y lo leí directo desde la fuente principal, pues sentía que, de cierta forma, al ser traducido al español perdía fuerza y equilibrio aquello que Golodralk quería contar. Me sumergí en su texto y lo que creó, pero esta vez lo vi con otros ojos. Tengo que confesar que no me bastó, porque en las sombras de mi mente no cabían las cosas que él narraba; me obligué a pensar su historia y cerrar los ojos para animar los dibujos que habían ahí, y algo inesperado pasó.
Aparecí en un lugar lleno de árboles húmedos y con sus troncos llenos de moho. Encontré un angosto río que podía cruzar dando un buen salto. Vi dos lunas rodeadas de estrellas sobre mi cabeza. Hallé sombras estáticas que no me amenazaban más que con su presencia; era suficiente para asustarme. Un laberinto de antorchas trazaban el único camino que podía tomar, pues otro había y no me agradó, ni el aspecto ni los sonidos que provenían de ahí.
En ese instante no recordaba cómo llegué ahí. Es más, me sentí cómodo, como si ya hubiese pisado antes ese lugar. Por momentos sentía profundo miedo por lo que escuchaba y lo que veía, pero nunca sentí que fuese un sueño. Miraba mis manos de vez en cuando porque en el fondo sabía que no era normal, sin embargo, exploré cada uno de sus senderos. El laberinto no tenía como propósito dejarte desorientado, más bien te llevaba a otro camino mucho menos ruidoso, pero más oscuro. Me adentré en la lobreguez de aquel mundo hasta que me llevó a un risco donde solo vivía un árbol. Este era sacudido por una violenta brisa, que se calmó una vez me detuve junto él. En esa cima podía ver el universo y algunas formas moverse como si nadaran entre los planetas.
«Dobelanh, fuerte masa verde con cientos de ojos», recordé.
«Tuhl, diosa prima, mujer abominable y de múltiples rostros», me dije.
«Gäkvt, hijo del Creador, soldado de ejércitos Nuvritomanes; príncipe».
«Maghlebar, Qiwghte, Mutür, Enviele».
Creo que dije más, pero estos son las que recuerdo porque fueron las cosas que vi manifestadas en ese sitio. Recordé el manuscrito con el que me obsesioné y entonces supe que no estaba donde debía estar. ¿Cómo es que pasé de estar en mi cama a estar frente a estos dioses? Así fue como Golodralk los denominó. Y en mi desespero fui notado, y me miraron y juzgaron, e intentaron ahuyentarme, pero parecían estar molestos porque, por más que luchaban, no podían llegar a mí. No me protegía ninguna nave, ni un vidrio de fuerte grosor, ni una sola deidad. Estaba solo yo, el árbol y ellos.
Finalmente vi lo que me atormenta aún en las noches, y lo que —puedo apostar millones— fue lo que obligó a Arthur a escribir aquello y a cambiarse el nombre. Esta deidad era otra cosa, algo más allá que abominable, mórbido y terrorífico. Sabía que había leído sobre él en el manuscrito, pero no recordaba su nombre. Este era inmenso, casi tapaba todo el universo que había detrás de él; la parte del espacio que mis ojos podían ver. Me sentí como un virus que los enfermaba y del que no querían contagiarse. Tal era el tamaño de este monstruo que la mayoría de sus ojos eran planetas —¡quizás!— del tamaño de Júpiter. No solo lo digo para describirlo, ¡sus ojos eran planetas! Todo lo que se veía por fuera era púrpura, por muy poco negro, y era brillante como si sudara una sustancia viscosa y transparente. Tenía tentáculos de un animal que nunca en mi vida vi, y su cuerpo se conformaba en su mayoría de una gran masa del mismo color púrpura de su cabeza. Por más que se mostraba presente e intimidante, parecía estar dormido, con sus ojos abiertos, pero dormido.
Cuando entré en razón, di media vuelta para regresar a los senderos y pequeñas criaturas obstruían mi camino. Repetían algo que no pude distinguir hasta después de diez veces que lo escuché: Golodralk. Nunca temí tanto por mi vida, nunca extrañé tanto mi cama y las concurridas calles de Nueva York; echaba de menos el ruido porque la calma que estaba respirando allá en el universo no era para nada apacible. Miré mis manos nuevamente y comenzaron a crecerme más dedos; de mis costillas salían más manos y en mi nuca se asomó una boca que repetía ese mismo nombre: «Golodralk, Golodralk, ¡Golodralk!», y supe que estaba ahí porque cuando quise callarla, me arrancó al menos tres dedos. No sentí dolor alguno, debo decir, pero el miedo era infinito. Y aunque estaba en la cima de aquel risco, miré hacia abajo y vi mi rostro reflejado en el vasto espacio. Había en mi cara más de doce ojos y mi nariz se había caído; mi cabello era blanco como el de mis abuelos. El impulso me llevó a lanzarme hacia la nada, entonces el dios despertó, y mientras caía lentamente hacia el fondo del universo, el dios nadó más abajo entre las estrellas hasta abrir su boca y atraparme en sus fauces.
Desperté en mi habitación, con el manuscrito en mi pecho. Lo lancé lejos. Nadie supo de mí por semanas, y yo no quería saber más del manuscrito. En un principio no quería dormir, tomaba grandes cantidades de café, pero no servía. Dormía y soñaba lo mismo una y otra vez. Nunca me acostumbré. Nunca me daba cuenta de que era un sueño hasta que recordaba el nombre de las deidades. Nunca dejé de sentir miedo. Y siempre era devorado por ese enorme dios.
Cuando no vi solución a mi problema, decidí enterrar los secretos del libro. Lastimosamente, fui interrumpido por mi empleador, Richard. Este psicólogo americano me agradeció con un estrechón de manos y con un sobre lleno de billetes de cien. Me llamó la atención porque me había advertido que lo único que necesitaba era una traducción profesional, más nada. Pero me involucré, y es que cómo no iba a hacerlo, nadie hubiese podido resistirse. Sentí que me había tendido una trampa para volverme loco o maldecirme, pero luego entendí que el del problema era yo. Y es que cuando dejé el manuscrito en sus manos, una tristeza me invadió. Empecé a ver al dios con otros ojos. «Él no me quería devorar; él me salvaba», pensé. «Nunca sentí dolor, entonces, ¿por qué me asustaba tanto?». Todo por lo que temía empezó a convertirse en cosas que admiraba de ellos y del lugar. De pronto, me sentí solo. Extrañaba la belleza del universo y la imponente presencia celestial de aquellas deidades. No podía vivir sin esas cosas, y sabía que no volvería allá porque cuanto más me alejaba del apartamento del psicólogo, más sentía que volvía a la realidad, aburrida y limitada.
Esa noche no soñé con ellos, e interpreté mi dolor como el llamado de las deidades que me buscaban por todo el cosmos como si se les hubiese perdido un hijo. Quizás ellos necesitaban sentir que salvaban a alguien, quizás cada vez que me devoraban iban quitándome años de vida. Quizás fueron solo sueños que el libro le produjo a mi mente.
Después de dos años me curé. Dejé de sentir su llamado y el dolor que aquello me producía. Y un buen día me encontré con el psicólogo nuevamente.
—Sabrás que conservo ambas copias y las he estudiado. ¡Vaya que te libré de un problema! Las deidades que viste alrededor del dios mayor lo contenían. Por eso sentiste que te amenazaban con la mirada; en realidad querían espantarte porque la amenaza para ellos eras tú. Rendibia Igletmanem, el nombre con el que nombraste el manuscrito original, es un ritual antiguo que abriría el portal que lo traería aquí. En ningún lugar del libro aparece ese nombre. Ese nombre te lo regaló el dios que se aprovechaba de ti. Tú ibas a ser su escape. Ni tú ni Arthur pudieron ser usados por el pavor que Golodralk les transmitía. Y es que si este libro o el sueño profundo que los llevó a ese lugar hubiese caído en manos equivocadas, quizás ya no existiríamos.
—Justo iba a preguntar qué tan grave era —dije con sarcasmo, escondiendo una sonrisa.
—Pues sí, lo suficiente como para que nos encontrara... y gobernara.
Así sin más, se despidió de mí aquel hombre que contrató mis servicios sin darme explicación alguna sobre el motivo o quién era en realidad. Y yo me despedí de la incertidumbre. Fui engañado, y lo acepté.
«Golodralk, dios de la mentira y la manipulación». Eso había escrito Arthur; la frase vino a mí mediante me alejaba del psicólogo. Caí en el engaño de aquello: del otro dios.
Si vuelvo a soñar no le reclamaré; si vuelve a devorarme espero no despertar y dormir eternamente en sus adentros, pues sé que detrás de su engaño hubo consentimiento de mi parte.



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