IDENTIDAD
Un fuerte dolor de cabeza me golpeaba, se sentía como si un monstruo diminuto quisiese salir de mí. Levantar mi torso y sentarme al borde de la cama nunca fue tan difícil. Pero no fue el dolor lo que me despertó, fueron los rayos del sol que se colaban por el largo ventanal de mi habitación. Los apartamentos de estilo neoyorkino brindan poca privacidad; ni del sol me pude esconder.
Cuando por fin me obligué a ir a la cocina, noté que la ventana había quedado abierta. Todo el lugar era un completo desorden, y no recordaba el porqué. Parecía la escena de un crimen, en donde el perpetrador busca incesantemente algo de mucho valor.
Si hay algo que detesto es el desorden. Se me quitó el hambre, me puso de malhumor. La sala estaba casi igual a como la había dejado el día anterior. «¿Será que dejé entrar a alguien y perdí la memoria?», pensé. Pero el mismo problema que me hace ser un obsesivo compulsivo es lo que me frena a invitar gente a la casa. Decidí no prestarle mayor atención a aquello y me senté en el sofá. Encendí el televisor. Vi algo que me maravilló y me causó escalofríos unos segundos después. Era yo. Yo daba las noticias. «Debe ser una retransmisión». Otros cinco pensamientos tuve en esos cortos segundos.
—La tormenta que azotó gran parte de nuestra región el día de ayer —decía el reportero, o sea, yo— ha dejado al menos a dieciocho víctimas fatales. Sin embargo, fueron las extrañas luces rojas que se escondían sobre las nubes lo que se ha convertido en el tema principal. Aquí las imágenes.
Si antes creí que soñaba por verme dando los noticieros, ahora tenía razones para pensar que vivía en una pesadilla. Los camarógrafos que arriesgaron sus vidas para darnos aquellas tomas salidas de una película setentera sobre visitantes de otras galaxias, deberían ser reconocidos como héroes. No eran solo las luces rojas lo extraño en el video, sino también el comportamiento errático de las personas. Caminaban en vez de huir, eran alzados por el viento como hojas marchitas, como si quisieran que la furiosa tormenta se los llevara a lo que sea que se ocultaba allá arriba.
Por unos segundos pensé que iba a desmayarme, pues perdí fuerza en mis piernas y mi vista se nubló. El dolor de cabeza volvió, más fuerte que cuando desperté. El dolor me paralizó y me obligaba a mirar hacia el techo y sentí que me hizo levitar. Eso dentro de mí tenía tanta fuerza que logró levantar mi peso.
—Como habrás podido ver —dijo el reportero, el impostor detrás de la pantalla—, solo nos faltas tú y unos cuantos.
Su rostro empezó a cambiar de identidad. De pronto era una mujer, al instante el rostro de algún famoso. Yo solo podía verlo por el rabillo del ojo, pues seguía luchando contra aquello que me torturaba internamente.
—Tu lóbulo temporal ha sido afectado en el momento de la plantación, por eso le has puesto muchas caras a este cuerpo. Cuando el parásito alcance el lóbulo parietal y el cerebelo, no podrás hacer más que despedirte de tu cuerpo. Vivirás en él, pero serás nuestro.


Preciso y conciso. Muy interesante.
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