El puerto de Násoj
Una de las preguntas más inquietantes durante nuestra vida consciente es qué hay después de la muerte. Aunque no tengo una respuesta definitiva a esa interrogante, puedo contarles con algunos detalles lo que significó para mí. Obviamente, pueden deducir que al final escogí la vida, o la vida a mí, puesto que nadie más que yo puede redactar lo que viví en mi deceso. Pero esto no se trata solo del final de mi historia. Están aquí por lo que tengo que contarles, lo que sucedió durante mis horas de sueño profundo; después de eso, no hay mucho más que contar.
En aquellos tiempos, era de los mejores pilotos de carrera de América. Conducía un hermoso Chevy Camaro naranja con numerosos stickers de patrocinadores. Mi esposa gritaba cada vez que me asomaba debajo de las carpas, y estoy seguro de que también cuando conducía, pues era difícil escuchar otra cosa que no fuese el motor del auto y el derrape de los neumáticos. Son memorias inolvidables, tanto que recuerdo el olor a caucho quemado, el perfume de mi esposa, incluso el aroma de los puestos de comida. Recuerdo todo cuando me lo propongo.
En 1986, era 25 de marzo y cumplía 25 años. Mi madre siempre decía que, aunque hubiesen cosas importantes que hacer ese día, se debe cantar así sea con un muffin y una sola vela; consideraba de mala suerte cantar después del día exacto, ni se diga si se cantaba antes: «Sacrilegio», decía ella.
Cantamos, gritamos, abrimos una botella de champán y repartimos el pastel entre los que rodeábamos la mesa. Dos horas más tarde me preparaba para la carrera. Era una rutina que resultaba acogedora y para nada desgastante. No sé qué sucedió ese día, se hicieron las revisiones protocolarias. Primero me fallaron los frenos, el auto dio unos cuantos giros y escuché el estallido de una llanta y fue entonces que el auto empezó a dar vueltas.
¿Recuerdan que les dije que al conducir difícilmente escuchaba los gritos de júbilo? Pues los sonidos de asombro y susto sí los escuché con claridad, incluso gritos de desesperación que de seguro provenían de la garganta de mi esposa.
Costillas fracturadas que perforaron mis pulmones, fractura craneal, pierna izquierda rota y un rostro irreconocible por la hinchazón. Ese fue el momento en el que morí.
Se sintió como si despertara dentro de un sueño. Estaba consciente de que no debía estar allí, pero me sentía aliviado de saber que tenía una oportunidad de sentirme vivo, sin lesiones, sin ruido, al borde de una playa de mar bravo y un puente que se empapaba con cada salto de las olas. También sabía que había tenido un accidente, recordaba las vueltas que dio el auto y rememorarlo me daba mareos.
«Pero si este es el cielo, ¿dónde está Dios?», pensaba.
Pronto recibí una respuesta del cielo. Un rayo con estrépito me hizo brincar del susto, ennegrecía el cielo como si una tormenta furiosa se avecinara. Yo no tenía a dónde ir. No podía construir un refugio de arena sin herramientas y sin tiempo, y tampoco podía correr a ningún otro lado. El puente no se veía seguro y no parecía llevar a un lugar en el que estuviera a salvo. La colina detrás de donde desperté era muy alta para escalarla y muy ancha para rodearla; no tenía escapatoria.
—¡Dios, si eres tú, perdóname! —grité, sin siquiera pensarlo.
La tormenta parecía no ser de proveniencia divina o al menos parecía no ser la ira de Dios. Era una tribulación por la que tuve que pasar, el golpe de las gotas sobre mi cuerpo dolía tanto como miles de punzadas con jeringas; la furia del agua que descendía de las nubes golpeaba como granizos. No me quedó más que recostarme contra la pared rocosa que alzaba aquella montaña inescalable. Fue corto el tiempo que me sometió aquella fuerza de la naturaleza, pero suficiente como para no querer que algo así volviese a pasar.
Mi camisa blanca, aunque mojada, aún servía. Contaba también con un pantalón largo color crema; fue en ese momento que caí en cuenta de lo que llevaba puesto. El sol había regresado, pero no con tanta intensidad como para secar mi ropa, por lo que no intenté siquiera quitármela. La tormenta se había alejado lo suficiente como para no escuchar sus amenazantes soplidos, pero, como cuando desperté, las olas del mar seguían bailando con violencia.
Me pegué en la cabeza para intentar despertar, intenté pellizcarme incluso; dolía, pero no funcionó. Y pronto llegó un segundo evento que me pondría a prueba. Las espesas nubes se movían como si el tiempo onírico fuera acelerado en comparación a nuestro mundo, solo que, de un momento a otro, empezaron a ralentizar su viaje y comenzaron a caer como rocas de hielo sobre el mar y en la arena, hasta en la cima de aquella colina. Esquivaba con dificultad porque mirar al cielo con la luz del sol se me hacía imposible. Sonaban como si pesaran toneladas, y al caer las más grandes liberaron fuertes sonidos de campana eclesial. A mi mente vinieron los recuerdos de mi boda en la catedral, y cómo hubiese deseado que esos trozos gigantes de nubes fueran en realidad los granos de arroz que lanzaron nuestros amigos y familiares, y mi única tranquilidad era que mi esposa no tomaba mi mano en ese momento. Aunque la extrañaba, no podría con el dolor si la viera aplastada frente a mis ojos, sin poder hacer nada.
Nuevamente, no pude correr hacia el puente porque las probabilidades de que un pedazo de hielo cayera sobre él durante mi escape eran muy altas. Pero la fría lluvia infernal se detuvo. Esta vez no me vi lastimado, no recibí ningún rasguño, solo mi corazón sufría de miedo.
El tercer evento no me puso en riesgo (aunque no tenía clara cuáles serían las consecuencias dentro de ese sueño si algo malo me pasaba), pero fue el más doloroso de todos. A la distancia escuché la voz de mi esposa. No sé cómo, ni por qué. Pero la escuchaba llamarme y corrí, bordeando toda la playa para dar con ella. Parecía que no avanzaba, ni yo a ella ni ella a mí. Sentía una llama en mi pecho que quemaba, era la impotencia. Cuando por fin sentía que estaba logrando acercarme a ella, dio media vuelta y en vez de caminar en mi dirección, corría como si huyera de mí. Sus huellas quedaban marcadas en la arena y las lágrimas que se deslizaban por sus mejillas también, absorbiendo su tristeza y agonía. «¿Será que se rindió?», pensé. Y así como la vi llegar, se fue como estrella fugaz.
—¿Eres Tú mandándome estas tempestades? —gritaba al cielo—. ¡Si eres Tú el que me quiere ver sufrir de esta manera, dame al menos una razón! Nunca te he faltado al respeto. No siempre creí en tu existencia, ¿acaso es eso? ¿Te gusta ser el centro de atención? ¡NO TE GUSTA QUE TE IGNOREN, PERO TÚ SÍ IGNORAS LAS PLEGARIAS DE TODOS!
Caí. Estaba furioso y no tenía idea si había un Dios escuchándome, pero grité como si lo hubiera, convencido de que alguien me escuchaba y que lo hería con mis palabras. Y el mar de pronto de calmó, no de súbito, pero podía ver cómo las olas dejaban de pelearse entre ellas. Por alguna razón sentí que era una señal: debía atravesar el puente. Era como si todos los desastres me llevasen a eso, al puente. Lo que se encontrase allá no me intrigaba tanto como alcanzar a mi esposa y preguntarle qué me pasaba o si aún me seguía amando, aunque estuviese roto por dentro y por fuera. Pero tuve que conformarme.
Caminando sobre aquella pasarela de madera, que estaban tan juntas que no dejaba ver lo que había debajo, empecé a experimentar una sensación de ira. Aceleré mis pasos y sin darme cuenta estaba ya corriendo, gritando en desahogo, enmarañando mis sentimientos sin saber desenredarlos. Unas barandas de cuerda bien tensadas, que servían para sostenerte por si el mar volvía a enfurecer, no sintieron nunca mis manos, no dejé en su material mis huellas. El puente parecía interminable, pero no llevaba al cielo. Seguía su sentido horizontal a donde solo había más agua; nada había en mi derecha o mi izquierda.
Luego de horas de caminata, caí en cuenta de que no sentía hambre ni sed, también que no había noche en ese sitio. Y de la nada, una voz me llamó. Detrás de mí no había nadie, frente a mí tampoco, pero sí en el océano. Una mujer nadaba en alta mar, poseía gemas en vez de ojos, o al menos el color azul marino así me hizo pensar. Aunque eran del color del agua cristalina que nos rodeaba, sus ojos contrastaban bien con el negro en su cabello. Parecía no tener ropa, o más bien así se veía con su cabeza fuera hasta su cuello. La invité a subir al puente porque sabía lo peligroso que podía ser el mar, pero ella se negó. Me confesó que, de subir, no podría caminar y yo no entendía por qué, así que me acompañó nadando al ritmo en el que yo caminaba.
—¿Por qué gritabas? Escuché tus lamentos hasta en lo más profundo de este enorme cuerpo azul. ¿Intentabas llamar a alguien más?
Su voz me trajo calma; quizás su presencia en la superficie era la causante de que las aguas se calmaran también. No respondí a la brevedad y esto hizo que ella se apoyara de las maderas del puente y subiera su torso.
—¡Mujer! —dije con tanta impresión.
—!¿Hice algo malo?! —preguntó con tristeza en sus ojos.
No tenía ropa, nadaba tan libre como las gaviotas que sobrevolaban el cielo y que chillaban en busca de alimento. Intenté robar su tristeza y darle a cambio un motivo para sonreír. Así que procedí a contarle mi tragicomedia.
—Gritaba al cielo. No sé dónde estoy y quiero regresar a casa. Creo que la única ruta posible para salir de aquí es este puente. ¿Sabes adónde lleva?
—La última vez que subí, este puente no existía. La última vez también subí porque escuché a alguien gritar.
—¿Quién eres?
—¿Qué quieres tú que sea? ¿Una amiga, una acompañante, una amante?
—No te conozco, para qué querría que fueras mi amante.
—Es lo que siempre quieren los hombres que visitan este lugar, y en realidad no me molesta. Sé que sus amarguras son demasiado ácidas como para que yo pueda hacerlas desaparecer, pero por alguna extraña razón siempre los reconforta. Solo debo advertirte que todo aquel que besa mis labios o roza mi piel, olvida la razón por la cual quiere huir de este lugar.
Sentí una curiosidad enorme y no puedo mentirles, era una mujer hermosa en todos los aspectos. Pero su hermosura era opacada por el conocimiento de que muchos hombres habían sentido alguna vez el placer de hacerle el amor.
—Una amistad no me vendría mal —le respondí—. Como ahora somos amigos, debo saber tu nombre; el mío es Jonás.
—No creo que tenga un nombre. ¿Puedo escoger uno en este momento?
Asentí, intrigado por el comportamiento de este ser. Estaba muy concentrada y preferí no hablar mientras pensaba. Y unos minutos más tarde mencionó:
—¿El Jonás de la biblia tuvo esposa? —preguntó como si supiera que mi madre escogió tal nombre del Antiguo Testamento.
—Le preguntas a la persona incorrecta.
—Entonces... Násoj. Sí, ese es mi nombre.
Había tomado mi nombre y movió las letras para darse una identidad. Sonreía como quise cuando la vi triste. No sabía cuánto más había caminado, pero fue mucho, ya que empezaba a dolerme los pies. Ella se recostó a la madera cuando me senté y empezó a contarme lo que era ese lugar.
—Aquí vienen muchas personas fracturadas, pero nunca una que supusiera una dolencia física, sino espiritual. Es un lugar enorme, y así como tú, sé que hay muchos otros, pero me asigné este lugar para vivir y ayudarlos a salir de aquí.
Aquello me llenó de alegría. Significaba que podía salir, podía regresar. Pronto vi que su rostro volvió a dibujar una tristeza con su boca y sus cejas y una mirada baja. No tenía palabras para consolarla porque, en el poco tiempo que llevaba ahí, ya sabía lo horrible que era vivir atrapado en ese sitio.
—¿No puedes salir de aquí? —pregunté con serenidad.
—¿Adónde iría si salgo? Tú tienes a tu esposa esperando por ti. Yo solo recibo personas que aprovechan mi soledad para opacar sus sufrimientos, olvidan por qué quieren irse y se obsesionan al punto de insultarme por no querer irme con ellos. Y nadie me pidió nunca ser amigos.
—Mi... ella... —por un momento olvidé de quién hablaba—. Luciana entendería.
—Tu esposa, Jonás, es tu esposa.
—¿Por qué estoy olvidando las cosas? Ya casi no recuerdo su rostro, aunque la vi unas horas antes corriendo por la playa; eso sí lo recuerdo.
—Es la maldición de estar conmigo. Soy una maldición, y por eso no puedo salir de aquí. Desgracias traería a tu mundo, tristeza e ira. Creo que debería irme ya, así no olvidarás tu vida.
La detuve, caí al mar cuando la tomé por el brazo porque perdí el balance, pero no temí. Me sentía protegido por ella. Tenerla tan cerca de mí me hizo sentir como nunca. Una tentación me abrazaba y unas ganas inmensas de besar sus labios, que brillaban por las gotas que se posaban en su rostro y reflejaban el sol.
—Si me besas, olvidarás todo. Siempre pasa.
—Y por más que quiera no lo haré. Eres mi amiga, ¿recuerdas?
—No entiendes, con tan solo estar en mi presencia... olvidarás. Y nunca deseé tanto que alguien no olvidara. Hombres y mujeres que pasan por aquí experimentan lo que es hacerle el amor a la maldición misma, y nadie recupera su juicio después de eso. Pronto empezarás a sentir la necesidad de acariciarme, de besarme, y no podrás contener las ganas. Te convertirás en esclavo del olvido.
Sus palabras eran duras al entrar a mis oídos, entendía todo lo que decía, pero la besé.
Lágrimas brotaron de mis ojos y de los suyos, nos sumergimos en el abismo del mar donde la oscuridad me hizo perder de vista a la hermosa mujer que se adueñó de mis recuerdos y mi cordura. Sentí un amor profundo por ella, un amor diferente. No sentía que era puro como el de Luciana, por el que tuve que trabajar, a quien tuve que conquistar y luchar por su «sí». Este amor era impulsivo e instintivo, superaba todos mis sentidos, como si no tuviera control de mi cuerpo. Más que sentir que la amaba, sentí que su condición maldita me obligaba a amarla. De igual manera, me sentí el ser más desleal del universo.
Desperté al final del puente. Una cabaña flotaba sobre la nada, y con nada hablo por supuesto de más agua. Y ahí viví entonces los últimos minutos de sueño, convirtiéndome en la única persona que tuvo un amorío con Násoj sin perder la memoria. ¡Increíblemente recordaba todo! A mi esposa, mi carrera, a mi devota madre, mis trofeos, y mis dolores.
Había una puerta en esa cabaña, y de sus ranuras brotaba una luz que me dejó saber que detrás de ella se encontraba la salida. Al tocar la manilla, escuché su voz por última vez.
—No podía maldecirte, no a ti. Cuánto quisiera que alguien tuviera mi habilidad, así no tendría que recordarte el resto de mi vida, ni tendría que imaginar tu rostro al besar a los que vengan, que no me ofrecerán su amistad.
Su tristeza me invadió y lloré, no quería abrir la puerta y quería lanzarme y perseguirla, abrazarla y jurar que nunca la soltaría. Pero no podía hacerme eso, y mucho menos a Luciana. Así que abrí la puerta y desperté de aquel sueño. Un tubo que bajaba por mi garganta y un pitido que llevaba el ritmo de mi corazón me dieron la bienvenida. Estaba solo en la habitación del hospital. Una enfermera que pasaba por el pasillo se dio cuenta de mi despertar y llamó con entusiasmo a los doctores.
—Su pulso es estable, sus pulmones han mejorado...desentuben...llamen a su... —Hablaban todos, pero yo volví a dormirme.
Una mano cálida sostenía la mía, abrí los ojos y, para mi sorpresa, no era mi esposa. Era una jovencita con uniforme de enfermera que lloraba desconsoladamente. Se me dificultaba hablar o apretar con firmeza su mano. Me habló por primera vez.
—Papá ...sabía que lo lograrías.
Estuve 21 años en coma. No sé si fue egoísta por parte de ellos, o esperanzador para los que pasaban por la misma situación, pero yo estaba feliz. Hasta que supe que Luciana, mi esposa, se había vuelto a casar, y al enterarse de mi despertar prefirió no regresar. Se rindió, decidiendo no sufrir más en la espera de algo que de seguro no llegaría (pero que llegó). Y no la culpo, pero me dolió profundamente.
«¿Debí quedarme? El amor que sentí por esa mujer no era tan real como el que sentía por Luciana, pero se rindió. Eso significaba lo que vi allá, su sufrimiento al dejarme ir, al dar media vuelta y abandonarme», no dejaba de pensar.
Una tormenta había sacudido mi país, en la zona en la que se encontraba el hospital, y también una ola de frío arropó de nieve el estado completo. Esos fueron los tres eventos que me quebraron el espíritu, los que después Násoj reparó con tan solo su presencia.
Aún sigo pensando en ella, y no hizo falta uno de sus besos malditos en mi mundo para pronto olvidar a Luciana, siendo desalojada de mi memoria para ahora guardar una esperanza de volver a ver a la mujer del mar, y caminar por el puente sobre las aguas cristalinas. Pensé muchas veces en matarme, pero ¿y si no despierto en el mismo lugar? Mejor esperaré, y en mi espera ruego que ella me esté esperando también, y que no haya encontrado algún modo de olvidarme.
No se puede odiar a quien te deja atrás en busca de su felicidad, por más dolor que te provoque. Pero siempre hay una nueva oportunidad para amar, y yo la sigo guardando para cuando vuelva a soñar.


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